Cuba

Belkis Vega: Líbano en el corazón

Belkis Vega: Líbano en el corazón

Belkis Vega. Foto: Cortesía de la entrevistada.

¿Qué está bien en una guerra? Pregunta y calla, mientras intenta encontrar una respuesta sensata. Cuando salió de Cuba hacia el Líbano, a inicios de septiembre de 1980, quizás ni se había formulado algo parecido. Tenía 28 años. Cuatro décadas después de aquella contienda bélica interminable, como reza en el título de uno de los documentales donde trabajó, Belkis Vega Belmonte tiene los signos de interrogación frente a los ojos.

Sentada sobre un butacón rojo, la documentalista desanda sus historias. Por el ventanal de cristal del apartamento entra un viento del norte que mueve, parsimoniosamente, los helechos de la sala. En una de las paredes, mirando hacia la avenida Paseo, en su Habana natal, cuelga un retrato suyo del pintor Alberto Carol, fechado en 1982. De pronto, Belkis pierde la vista en la ciudad tras la vidriera. Parece que la mira con los mismos prismáticos de Sergio Corrieri en Memorias del subdesarrollo.

“Mi primer contacto con la guerra en el Líbano fue el sonido: los aviones israelíes violando el espacio aéreo de Beirut, y el ruido de las antiaéreas y, a veces también el de los bombardeos”, dice como si auscultara el cielo de la capital libanesa.

Debía acostumbrarse. La escena era cotidiana en aquella nación del Oriente Medio, a la que había viajado luego de veinticinco horas de vuelo y dos escalas intermedias. Cuando subió al avión, cual puente entre la pacífica isla caribeña y el convulso país de los cedros, Belkis guardaba, en los laberínticos pasillos del cerebro, par de años de investigación sobre los palestinos, forzados a vivir sin patria, sin pasaporte, dando tumbos por el mundo… El vecino Líbano fue su refugio.

— ¡Me puedo morir! — pensó. En Cuba dejaba a sus padres y hermanos. Aún no tenía hijos. Dice que si entonces hubiese sido madre “no sabe si hubiera ido”. Después, con un hijo de dos años, participó como corresponsal en Angola, pero pensaba que era menos peligroso.

En el Líbano el hecho de no volver a casa se alzaba tan verosímil como registrar los horrores de la guerra. Lo último era una realidad; lo primero…, una posibilidad, aunque estaban irremediablemente cerca: morir-grabar, filmar-perecer. La cuestión radicaba en separar un verbo del otro, alejarlo, cortar de a cuajo el nexo que los une en un conflicto bélico. Y vencer. Pronto supo, como ahora lo afirma, que “las bombas no tienen nombre, ni las piezas de artillería tampoco, los tiros no llevan cartelitos de para dónde van. Muere cualquiera”.

Rewind.

“Yo me hice cineasta oyendo historias de personas que venían de los
campos de batalla”, dice mientras parece repasar, con la memoria, algunos de sus documentales con protagonistas de guerra, muchos de ellos premiados a nivel nacional e internacional: España en el corazón (1983); Huambo, crónica de un crimen (1984); Operación Carlota (1985); Corresponsales de guerra (1986); Siempre, la esperanza (1991); Marcas bajo la piel (2002).

En algún momento de la conversación recuerda uno de los primeros: Angola, una victoria cierta — a color y en formato 35 milímetros. Cuando lo codirigió apenas comenzaba en los Estudios de Cine y Televisión de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (ECITVFAR). Había llegado allí como última opción en el año 1975. Si algo nunca quiso hacer en la vida fue ponerse un uniforme verde olivo encima. Hablando en plata: le aterraba. Provenía de la escuela de Diseño que “era quizás todo lo contrario: irreverente, crítica, bastante informal”.

Llegó a Angola en 1975. Foto:Cortesía de la entrevistada.

Sin eufemismos dice que, querer hacer cine hacia 1975, en Cuba, era como aspirar a cosmonauta. No había plazas. Así de sencillo. De pronto, la fílmica militar abrió una convocatoria con puestos para civiles. Tomarlo o dejarlo fue, tal vez, la decisión de su vida y hasta la razón por la que hoy existe esta entrevista. ¿Quién sabe?

“Estuve tres noches despierta, pensando si mi amor por el cine era tan fuerte como para trabajar en una institución en la cual, pensaba, iba a ser muy duro para mí. Al final decidí: ‘¡Sí, al menos lo intento!’. Cuando fui a informarlo me dijeron que, aunque mi plaza civil era de guionista, me iban a dejar hacer asistencia de dirección. Muy pronto pude dirigir, lo que en el Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficas (ICAIC) hubiera costado muchos años. ¡Increíble!”.

Sin embargo, no fue por las FAR que usted cubrió la guerra en el Líbano.

— En 1978 Cuba fue sede del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. Se consideró que el tribunal internacional ‘La juventud acusa al imperialismo’ era una actividad fundamental en términos políticos. Fueron muy lacerantes los testimonios que escuché allí, entre ellos, de palestinos. Aunque la causa de ese pueblo siempre me había sensibilizado, en el tribunal fue mayor el sentimiento hacia su lucha. Después de eso decidí que debía hacer algo a favor de los palestinos. Y la manera de contribuir no era tirando tres tiros allí porque yo no era militar, sino con una película para denunciar lo que le estaba ocurriendo a ese pueblo en el Líbano. Los Estudios de Cine de las FAR no tenían posibilidad de hacer eso.

Desde hacía poco más de un año, los Estudios Fílmicos de la Televisión comenzaron a hacer documentales en zonas en conflicto. Yo conocía al director Diego Rodríguez Arché, a quien le habían aprobado un proyecto sobre Palestina. Fui a verlo para ir como asistente de él, y estuvo de acuerdo. Lo más difícil era entonces lograr que las FAR me autorizaran a viajar hacia allá con un equipo de filmación de otra institución. Pedí una reunión con el coronel Calvo, quien era jefe de Agitación y Propaganda de la Dirección Política, a donde pertenecían los Estudios Cinematográficos. Y me recibió.

Le dije que esa experiencia era fundamental, porque yo creía en ello y necesitaba hacerlo. No me pudo decir que no. Logramos el apoyo de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) a través de su embajada en Cuba y se hicieron todas las tramitaciones con el equipo de Yasser Arafat. Desde allí se aprobó la coproducción entre ellos y nosotros. Por su parte ponían la película virgen, los archivos, el hospedaje en el Líbano, viáticos, transporte y un traductor e intérprete. Nosotros poníamos el equipo humano y técnico, toda la posproducción y las copias del documental se harían en Cuba, pero la producción de rodaje la asumieron ellos.

En Palestina. Foto: Cortesía de la entrevistada.

¿Cuál era la misión del equipo de filmación en el Líbano?

— Nosotros considerábamos que en la mayoría de los documentales que habíamos visto no se iba al origen histórico del conflicto, ni cómo y por qué se crea el Estado de Israel, ni qué ocurre cuando la Liga de las Naciones le impone a Palestina partirla en dos y crear otro país dentro de su territorio. Palestina había sido ocupada por los británicos después de la primera guerra mundial, por lo que no tenía las bases de un Estado ni un ejército palestinos. Ni siquiera podían tener entrenamiento militar, lo que sí se permitía a la población judía. Todo ello facilitó también la expansión de Israel. Y para explicar todo esto y lo que estaba ocurriendo en aquellos momentos, teníamos que hacer una película y era imprescindible ir allá.

Vimos un conflicto dentro de otro: la guerra civil libanesa y la contienda palestina. El Líbano era el refugio de ese pueblo, y ello le costaba al país la agresión de Israel, además del conflicto interno que tenían. No podíamos desaprovechar entonces un documental sobre lo que estaba ocurriendo dentro del Líbano; en Cuba no se sabía casi nada. Para rodar ese segundo documental sí llevamos película nuestra. Filmamos a la vez para los dos documentales. La coproducción con la OLP se llamó El camino de la tierra y el otro lo titulamos Líbano, la guerra interminable,centrado en la contienda civil libanesa — añade y toma un sorbo del café humeante que ha preparado para el diálogo.

¿Cómo era la correlación de fuerzas en el país?

— La izquierda libanesa estaba al sur, junto a los palestinos, enfrentando al comandante Saad Haddad — un asesino — y a Israel. Al norte del país se ubicaba la derecha. Beirut también estaba dividida. La ciudad había sido escenario de grandes batallas y parte de ella estaba totalmente destruida. En cuanto a Siria, la Liga Árabe le dio el mandato de mantener en el Líbano a las Fuerzas Árabes de Disuasión. Debían constituir una fuerza vigilante, pero a veces entraban también en los conflictos.

Así, Belkis cuenta que, si bien había investigado la guerra a la cual se sometía por voluntad, la realidad siempre lo supera todo. No hay remedio.

Líbano adentro

Recogió la ropa y la puso en la maleta. Dentro del equipaje guardó una carta a la familia. Afuera, de puño y letra, una nota en la que pidió entregaran sus
pertenencias a sus padres en Cuba… si no volvía.

“Es la única vez que he hecho eso en mi vida”, comenta al recordar su salida de Beirut hacia el sur del Líbano para poner micrófonos y cámara frente al enemigo.

“Saad Haddad había cortado a dos soldados de las Naciones Unidas vivos por lamitad y tenía declarado el sur del país como ‘República del Líbano Libre’. Cuando llegamos a hacerle la entrevista, nos tuvieron prisioneros en un centro de información israelí. Creo que nos montaron un teatro de miedo. A varios de nuestros compañeros los pincharon con bayonetas y los amenazaron; recuerdo que se lo hicieron a Leonel Nodal, de Prensa Latina, porque decían que era palestino.

¿Por qué se arriesgaron a hacer esa entrevista?

— Porque Cuba siempre filmaba de un lado. Nunca grabábamos al enemigo. Los corresponsales cubanos no somos neutrales y todo el mundo lo sabe. Eso implica un peligro plus. En el Líbano tratamos de hacernos los neutrales. Pensábamos que era fundamental filmar al adversario, y en Cuba nos autorizaron a intentarlo.

Ese monstruo debía estar en la película para poder desenmascararlo. Pretendíamos hacer un montaje entre lo dicho por él y en contraste, la realidad de sus bombardeos a los campamentos palestinos, los niños muertos… Nos dijo que los palestinos se tenían que ir del Líbano, y nosotros le
preguntamos: ‘¿Para dónde van si no tienen país?’; nos respondió que no le
importaba, que se fueran al mar”, añade Belkis y cierra los ojos como quien pestañea en cámara lenta.

En el Líbano. Foto: Cortesía de la entrevistada.

En aquel encuentro Saad Haddad asumió una postura muy irónica…

— Toda la entrevista fue irónica, él estaba divertido. Pretendía hacerse el gracioso y nos hacía chistes y todo. Nos decía: ‘¿Ustedes pensaron que podían regresar?’, y se reía.

“No es lo mismo morir por una bomba a estar en las manos de un asesino como Saad Haddad, quien puede hacer contigo lo que le dé la gana”, se dijo antes de ir a la entrevista, pero fue solo un pensamiento. De vuelta al hotel, ubicado en una zona llamada Hamra, en la capital libanesa, a Belkis se le derrumbó la pesadilla.

“Sentí mucha tranquilidad, fue una paz, como quien dice: ‘¡libré!’”, suspira en un alivio que anestesia al miedo. Nunca fue tan placentero abrir la maleta y botar los papeles al cesto, hojas de despedida que nadie quiere escribir ni leer jamás.

“Necesito ahora que alguien me abrace y me diga: ‘Tranquila, ya pasó, ¡sobrevivimos!’”, pensó, y dio una vuelta por la cocina del hotel, para enseñarle a los árabes la sazón de la comida cubana.

Como el título de uno de sus documentales… ¿qué “marcas bajo la piel” le dejó esa experiencia con Saad Haddad?

— No solamente la experiencia con Saad Hadad, el Líbano me dejó una marca para siempre. Cuando tú piensas que la muerte puede estar ahí, haces una revalorización de la vida, tratas de salvar lo mejor del ser humano. Por eso, intentar universalizar experiencias que constituyen crecimiento humano ha estado presente en muchos de mis documentales”.

En el otro bando de la guerra en el Líbano el entrevistado era Yasser Arafat, el líder de la OLP. Catorce años más tarde del encuentro de Belkis Vega y el equipo de filmación cubano, Arafat recibió el Premio Nobel de la Paz, en 1994. Como personajes antagónicos en el frente de combate, el diálogo con Saad Haddad suscitó el temor hasta de las cámaras y tuvo como locación un espacio al aire libre cerca de Israel. Mientras, la entrevista con Arafat generó “calidez y cercanía” a tres pisos bajo tierra, afirma Belkis.

Como veteranos topos, los palestinos construyeron fábricas de conservas, laboratorios de cine, y almacenaban armamentos y uniformes en el subsuelo. En la hondura de la superficie libanesa fueron armando su casa, y la tierra parecía hacer, ella misma, un acto grandilocuente de geofagia para ayudarlos. Israel les había arrancado su patria como se extirpa la raíz de un árbol.

***

Yasser Arafat y Bekis Vega. Foto: Cortesía de la entrevistada.

Bajo los cimientos del Castillo de Beaufort — sobre una de las cordilleras más elevadas de la región sureña de Nabatiyeh — los palestinos defendían las ruinas de la fortificación de cualquier ataque israelí o del comandante Saad Haddad y el Ejército del Sur del Líbano. Hasta los alrededores del lugar llegó Belkis con el resto de la tropa de cine, acompañados por una persona del equipo político de Arafat y un traductor. A los pies del medieval fortín zigzagueaba el río Litani. Muy cerca de allí se asentaron los israelíes dos años antes, en 1978, en su impertinente hostigamiento contra Palestina.

El castillo era un vestigio de lo que fue antes, sin embargo, los palestinos
seguían allí. ¿Por qué?

— Beaufort tenía un significado histórico y simbólico para los palestinos. Era un sitio con un valor sentimental: desde allí bajó Saladino a recuperar Jerusalén de los Cruzados. Aunque en ruinas, estaba soterrado dos pisos o más. En 1982 los israelitas los tuvieron que sacar con gases. En una ocasión empezamos a darle vueltas al castillo a ver desde dónde podíamos filmar ya que no nos permitían entrar y nos sorprendió un ataque israelí. ¡Allí me di cuenta que un bombardeo de aviación es de la hostia de su madre!

Pero, paradójicamente, una película de guerra lo precisa. Belkis lo supo y lo vivió también en otra escena filmada desde Rashidie, un campamento palestino en el sur del Líbano. La noche que ella pasó allí, con la libreta de anillas cual diario de rodaje en mano, los aviones israelíes asediaron el lugar, como si llevaran la saña en lo más profundo de su ser.

Cuenta que el hostigamiento era casi todas las noches: “Los hombres se ubicaban en las antiaéreas para proteger al campamento y las mujeres y los niños iban hacia los refugios. Es muy triste decirlo, pero la película necesitaba un bombardeo, si no lo filmamos no lo podemos denunciar”.

La escena le puso frente a la pequeña pantalla de sus ojos el ataque a otro campamento palestino: la masacre de Tal Al Zaatar, 1976. “La derecha libanesa entró y asesinó a montones de gente, abrió vientres de mujeres embarazadas… hizo horrores. Yo conocía esa historia desde antes de filmar en el orfanato con niños sobrevivientes a aquello”, añade con un dolor maternal.

Belkis hace un alto en la conversación para recordar y continúa: “Unos libaneses nos dijeron que los palestinos siempre hablaban de Tal Al Zaatar, pero callaban sobre Damour. Este último era un barrio de la alta burguesía del país, la cual estaba afiliada a la derecha libanesa que atacó el campamento. Sobrevivientes de Tal Al Zaatar tomaron Damour y pasaron por arma blanca a muchos de los pobladores allí, lo cual es terrible. Pero cuando a tu hijo le aplastaron el cráneo, a tu hermana le abrieron la barriga y a tu hermano lo arrastraron con alambre de púa, tú haces cualquier cosa”.

Mueve el pie derecho sobre el suelo, como quien cuenta los segundos, cuando pregunta:

— ¿Está bien? Claro que no, pero… ¿qué está bien en una guerra?

***

¡Rodandoooo! — se escuchó la voz del camarógrafo en el orfanato. De pronto, caminó hacia ella una niña. El rostro de la pequeña de cuatro años se
le pareció al suyo cuando tenía la misma edad. “Esa carita todavía la llevo
conmigo”, cuenta como si le hablara. La orfandad de la guerra es tan lacerante como las vidas perdidas.

“Intenté adoptarla, pero los palestinos no permiten hacerlo porque es una manera de defender su identidad y su permanencia en el mundo”, comenta y los ojos se le tornan mustios.

***

Belkis Vega en la actualidad. Foto: Cortesía de la entrevistada.

Mientras revisa mentalmente su archivo fílmico, Belkis cuenta ahora, a partir de fotogramas, otro de los parajes de la guerra en el Líbano:

TOMA 1: Una de mis tareas como segunda del grupo era obtener todo el material
de archivo. No había transporte público porque lo habían destruido durante la guerra, pero tenían unos autos que funcionaban como… los boteros de La Habana, que tú le dices: “¿vas por San Lázaro, coges por Neptuno?”. En una parte del centro de Beirut había un edifico que tenía, en los bajos, la Agencia Palestina de Noticias y, en la primera planta, el Instituto Palestino de Cine. Allí me encontraba seleccionando archivos.

TOMA 2: Cuando terminé de revisar los materiales, bajé a la avenida y empecé a parar autos:“¿Hamra, Hamra?”. Ninguno paraba. Entonces le pregunté a uno de los taxistas en inglés qué pasaba allí, y me dice: “Hamra… ¡bom, bom, bom!”. Regresé al edificio y me informaron que había una guerra de artillería cerca del hotel donde vivíamos.

TOMA 3: Finalmente logré llegar a donde estaban mis compañeros. En el combate habían reventado la discoteca del hotel, ubicada en la otra calle. Intentamos filmar, pero había dos tipos armados sentados en la esquina que nos rastrillaron las ametralladoras cuando nos vieron con la cámara. Esa misma noche la embajada cubana tenía una fiesta porque al otro día regresaban a Cuba dos custodios, y fuimos para allá, agachándonos por las entrecalles. Por supuesto, no pudimos regresar al hotel porque habían emplazado piezas de artillería en la esquina de la embajada y lo que se armó en la madrugada fue… Cuando los diplomáticos soviéticos se enteraron de que estábamos en una fiesta, nos dijeron que estábamos más locos que los árabes.

TOMA 4: Después, al día siguiente, filmamos el entierro de las víctimas de ese combate de artillería. Hay una imagen dolorosísima de la madre de uno de los muertos, que se araña toda la cara, dejándose la marca en un gesto de desesperación tremendo. Esta imagen se volvió un símbolo del desgarramiento y del dolor en nuestra película.

En el otro extremo de la capital, se alzaban elegantísimos hoteles de lujo, como si nada pasara. Beirut Este y Beirut Oeste: dos mundos paralelos en una misma ciudad.

“Queríamos establecer un gran contraste en el filme con lo que sucedía y aquellos hoteles cinco estrellas espectaculares, con piscinas en cascadas y conciertos. Había una altísima burguesía libanesa con muchísimo dinero, coches que yo nada más había visto en películas, tiendas con vestidos de mil dólares… Nunca me imaginé encontrarme eso. Era un país en guerra, pero podías ir de noche a un show de Dalila en uno de esos grandes hoteles, una cantante de la época, reconocida a nivel universal.

“¡Tú te puedes imaginar cuánto podría costar filmar a Dalila allí, en un Hotel Sheraton! Y nosotros no teníamos dinero de producción. ¡Fuimos para Beirut sin un cen-ta-vo! Pero cada uno de estos lugares tenía un grupo armado, de los involucrados en el conflicto, que los protegían. En ese hotel estaba el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), y ellos nos autorizaron a filmar. Pusimos nuestras cámaras de cine y cuando Dalila salió y las vio, paró el espectáculo. Entonces le dijeron que, si quería estar protegida, tenía que dejarse filmar. Nos dio tres minutos, pero filmamos como seis. Eso nos permitió hacer el montaje paralelo con el cual comienza la película”.

Belkis recoge las tazas de café y se dirige a la cocina. Desde allí afirma:

— ¡Como ves, el Líbano era el país de las grandísimas contradicciones!

De vuelta

Cuando Israel invadió al Líbano en 1982, ya su equipo había finalizado sus dos documentales en el país de los cedros: El camino de la tierra y Líbano, la guerra interminable, ambos a color y en formato cine 16 milímetros. En Cuba, Belkis supo del ataque. Quiso volver, porque hay noticias que estremecen más que las bombas, pero esta vez no autorizaron al equipo de rodaje.

Señala que las tropas israelíes llegaron hasta un orfanato, el mismo de los niños de Tal Al Zaatar que ellos habían filmado. “Quizás los asesinaron” pensó, pero conoció luego que los pequeños estaban a salvo. El régimen de Tel Aviv hizo del Líbano y los palestinos refugiados, el laboratorio perfecto para ensayar su nuevo armamento.

“Yo sigo sangrando por esa herida. El Líbano ha logrado más o menos normalizarse, pero los palestinos siguen igual. Y yo no le veo un final”.

Por la causa palestina usted arriesgó su vida. ¿No tuvo miedo?

— No quería morir… ni que me partieran un dedito. ¡Claro que tenía miedo! Yo nunca me he creído superwoman.

¿Cuánto representa para una periodista sobreponerse a eso en medio de la guerra?

— Es esencial, porque el miedo en este caso refleja la necesidad de sobrevivir. Pero lo que no puede tenerel miedo nunca es un efecto paralizante.

¿Cree que la mujer tiene otra visión de la guerra a la del hombre?

— La mayor parte de las películas realizadas por hombres van más a la heroicidad, a la épica del combate; y las hechas por mujeres tratan de buscar el ser humano y sus conflictos detrás de eso. Mi amiga, la cineasta alemana Mónica Maureer, que tantos filmes ha hecho sobre los palestinos y su lucha; dice que la mujer, en tanto taller donde se construye la vida, tiene un mayor instinto de defenderla, también en el cine.

Ahora, en la sala del apartamento, Belkis pregunta: “¿Qué está bien en una
guerra?”. “Nada. Nada está bien”, se responde en sus adentros. Mientras tanto, como cinta cinematográfica entre luces y sombras, vuelve a rodar, desde algún escondrijo del corazón, la imagen de la hermosa niña del orfanato de la que nunca supo nada más.

(Tomado de El Caimán Barbudo)

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