Argentina

La “rendición” de Jorge Brito, Donald Trump cristinista y el freno de Sergio Massa al aborto

Nueva encuesta electoral: la oposición sigue arriba, pero el Frente de Todos se acercó casi 5 puntos

El factor humano o las desventuras de un kingmaker

El factor humano no decide mucho en política, una actividad donde las fuerzas del sistema dominan por sobre la voluntad individual. El sistema siempre ajusta los empeños personales, que parecen a veces alcanzar una dimensión dominante, pero puede ser un engaño a los ojos. Difícil imaginar en la Argentina del último cuarto de siglo un factor humano tan recurrente como el de Jorge Brito, a quien lloran en todas las colectividades de la política y en todos los partidos por su muerte trágica en la cordillera salteña. Su importancia se medirá por la suerte que sigan, en el futuro, sus apadrinados en la vida pública.

Brito buscó sin mucha suerte ser un kingmaker, un creador de reyes a la manera de Tywin Lannister -el poder detrás del trono en la ficción de Games of Thrones, “calculador, inteligente, políticamente astuto y despiadado”, según el autor de esa saga-. Ese intento se tradujo en una secuencia de frustraciones. Brito dedicó esfuerzos, voluntad, y seguramente mucho dinero, para apoyar a candidatos que perdieron. La primera opción fue cerca del radicalismo alfonsinista, cuando hizo sus amistades indelebles que mantuvo siempre. En los años ’90 frecuentaba el club San Juan, santuario del duhaldismo y respaldaba la carrera de aquel vicepresidente, a quien Carlos Menem le frustró las chances de sucesión en 1995 y 1999. En ese año se significó junto a la Alianza a través del segundo jefe de gabinete de Fernando de la Rúa, Christian Colombo, socio de emprendimientos empresariales. Otro fracaso.

Vengo a rendirme

En 2002 intentó el copamiento de la economía de la presidencia de Duhalde. Patrocinó una moción de Juan Carlos Romero para el reemplazo de Jorge Remes Lenicov por Carlos Melconian. Duhalde prefirió escucharlo a Raúl Alfonsín y designó a Roberto Lavagna. Al año siguiente, Brito fabricó la fórmula Menem-Romero, por la relación que tenía con el senador por Salta. Perdió de nuevo. Aquel desempeño motivó la inquina de Néstor Kirchner cuando asumía la presidencia, que lo señaló como adversario en el recordado almuerzo de la diva. Logró bien pronto una audiencia con el nuevo presidente. La leyenda dice que cuando Brito entró al despacho, alzó los brazos y exclamó: “Vengo a rendirme”.

Inició un ciclo de más de una década de las mejores relaciones con el poder. Había comprendido al detalle la expertise de Kirchner en capturar arrepentidos. Estuvo cerca de todos los entuertos durante los tres mandatos del matrimonio, en tramas que la historia explicará, porque la Justicia no lo ha hecho. Su lugar en el mundo parecía ser la ANSeS, de cuyos patrones estuvo siempre cerca. Es la gran caja del Estado y un “ministerio de relaciones financieras” entre la Casa de Gobierno y los bancos. Es la sede opaca de la política argentina, y también tiene una crónica pendiente. Tampoco funcionó su tercer intento como kingmaker de Sergio Massa, que en 2013 parecía un ganador seguro de la presidencia; en 2015 ni entró en el balotaje y en 2019 se fue a la casa.

Ganar dinero, perder en política

Esa persistencia en la frustración política fue tan firme como su encono hacia Mauricio Macri, a quien combatió como pocos y cuya derrota en 2019 celebró como un triunfo propio. Con Brito se conocían de la juventud, cuando eran compañeros en la carrera de ingeniería de la UCA. Allí conoció a su primer amigo de la política, Ramón Puerta, compañero de banco. La amistad con otro dirigente como José Ignacio de Mendiguren pertenece a su prehistoria, porque fueron compañeros en el colegio Pablo VI° en la secundaria. El Vasco fue su celador. Con Puerta, el “Gringo” Sapag y Luis Saadi fundaron una JUP en la UCA. La desbarató en pocos meses Monseñor Derisi –el rector– cuando ordenó cerrar esa sigla. Acá no se hace política.

Brito, entonces un admirador del dictador peruano Juan Velasco Alvarado, no terminó la carrera. Se dedicó a los negocios financieros que lo hicieron rico y famoso. Mantuvo una transversalidad en las relaciones, notable para quien buscase entre las bambalinas de las provincias, en donde manejaba bancos y sostenía lealtades, que iban del peronismo rancio al radicalismo de Gerardo Morales, pasando por el instituto Patria. Pero con Macri, ni olvido ni perdón. ¿Por qué? Sólo hay leyendas. Se pelearon desde que compartían la primera generación de aficionados al pádel en la Argentina. Fueron socios fundadores de la Asociación de Pádel Argentino y pelearon por la presidencia de ese sello en los años ’80. Compartían grandes colonias de amigos, pero evitaban encontrarse en cumpleaños; preguntaban antes si iba el otro y alguno se ofendió porque lo dejaron afuera de la fiesta.

Con la vuelta de los años Brito encabezó en 2018 la reacción del mundo de empresarios a los efectos de la causa “cuadernos”. Macri dijo que ese caso había sido una de las causas de la crisis de su gobierno, junto a la sequía, la salida de las inversiones de los países emergentes y la reaparición de Cristina en el horizonte en 2017. Un importante arco de empresarios creyó que el gobierno de Macri empujaba esa causa y terminó de romper los lazos débiles que tenían con Cambiemos. Ahí comenzó la derrota de Cambiemos. Es una historia que alguien desmenuzará y que completa el factor humano de Brito, un hombre que en lo personal se ocupó de ayudar de manera anónima a personas en la necesidad, sin contrapartidas.

Es el caso de un empresario y banquero a quien dio ayuda en los últimos meses de su vida sin que casi nadie lo supiera. La amistad “hasta lo inexplicable”, dijo Massa en la despedida. Ensayó una manera de hacer política sin tener protagonismo de superficie: no se le conocía casi la voz, tenía escasas apariciones, y estaba detrás de todas las historias. Ganó dinero, pero pocas veces pudo festejar triunfos en política. ¿O el negocio era ese?

Trump cristinista: no me imagino poniéndole la banda a Biden

La pertinacia de Donald Trump para resistirse a admitir un resultado electoral demuestra una confianza desmesurada en la capacidad de la voluntad individual para torcer realidades, que están sujetas a la dureza del sistema. Barak Obama dedica algunos párrafos jugosos de sus memorias (“Una tierra prometida”, Bs. As.: Ed. Debate, 2020) a preguntarse cómo pudo ocurrir que su gobierno de ocho años fuera sucedido por el de un Trump tan distinto a lo que él representó. Cómo la realidad fue tan implacable que le impuso a su país un cambio radical de ideología, métodos y objetivos. Esa clausura de las expectativas, entre un gobierno y el siguiente, abre una reflexión sobre las transiciones. Negar al que te ganó es un síndrome de autoritarismo.

En la madrugada del jueves 29 de octubre de 2015, horas después de la primera vuelta electoral del domingo, Cristina de Kirchner le dijo a Daniel Scioli, en una charla telefónica: “No me imagino poniéndole la banda a Macri”. Ese mismo jueves su gobierno, que estaba en un tobogán hacia una derrota previsible en el balotaje, publicó la solicitada con los nombres de Eugenio Sarrabayrouse y Domingo Juan Sesín como candidatos a la Suprema Corte. Una forma de negar desde la voluntad lo que el sistema le preparaba. No le entregó la banda a Macri el 10 de diciembre, cuyo triunfo siempre negó hasta que Mauricio devolvió la banda.

Trump prepara el mismo escenario de voluntarismo. Muy lejos de lo que cuenta Obama en su libro, sobre la autorización que le dio su predecesor Georg W. Bush al secretario saliente del Tesoro Hank Paulson, para que se reuniese con él y John McCain, cuando aún eran candidatos a las elecciones de 2008. Era para discutir juntos las acciones de emergencia que necesitaban apoyo de los dos partidos para enfrentar la crisis financiera que siguió a la caída de Lehman Brothers. Antes de aquellos comicios, el propio Bush mantuvo reuniones con él y McCain en la Casa Blanca. El cuento de Obama en sus memorias abunda en esos gestos que son, en el fondo, formas de acomodar la voluntad individual, y los intereses personales, al interés público y las imposiciones del sistema.

Uno de los episodios que relata es la reunión que le encargó al Servicio Secreto para conversar con Robert Gates, secretario de Defensa de Bush, para ofrecerle que siguiera en el cargo en el nuevo gobierno. Había que enfrentar una guerra y lo último que quería Obama era arriesgar un cambio en esa agenda. La reunión se hizo en el cuartel de bomberos del aeropuerto Reagan, de Washington, en un espacio cerrado a las miradas ajenas, en donde la caravana de autos se escondió entre los carros de incendio. Era difícil imaginar, reflexiona Obama, a alguien con una personalidad y una biografía más distinta que entre él y Gates, pero la necesidad los obligó a gobernar juntos. Cristina, como Trump, entienden que un cargo de presidente es una dignidad real -en el sentido monárquico- que está por encima del interés público. Otros lo toman como un servicio público ante el cual la voluntad y el interés personal son secundarios.

Incierto destino del recorte a Larreta

Las prisas por el final del año legislativo convirtieron al viernes en una maratón de aprobaciones de urgencia –vencía el plazo para dar dictamen a proyectos para que entren en el período de sesiones ordinarias del Congreso, como quita de fondos a la CABA, reducción de votos para poner y sacar al Procurador-. El apuro hizo que el dictamen sobre la CABA saliese con los votos justos del Frente de Todos en Presupuesto y Hacienda, y en Asuntos Constitucionales. Todavía es un modelo para armar en la sesión; se viene un nuevo reparto de incentivos, para aprobar el acoso a la plaza principal de la posición, en donde gobierna Horacio Rodríguez Larreta.

No estuvieron los socios del lavagnismo que conduce Graciela Camaño. Van a ocupar este feriado del lunes para discutir qué posición llevarán al recinto. “Por ahora no vemos la oportunidad de meternos en un tema así”, es el mensaje que dieron este fin de semana. Incierta la suerte del proyecto si los 11 diputados de esa bancada le restan en apoyo. La oposición hace un cerco para proteger la plaza de Larreta y pone en actividad, en la CABA, a dirigentes como Mario Negri, que este martes dará una charla en la UADE ante medio centenar de empresarios de todo el país. Tendrá un formato inusual. Presencial y remotos, mezclados, como en las sesiones de Diputados.

Entra el aborto en la cámara lenta

Estas prisas ponen en evidencia que el proyecto de despenalización del aborto entra en cámara lenta. Por los tiempos del año legislativo, ya pasa a extraordinarias. Para que se tratara en este ciclo, debió tener dictamen el viernes que pasó. El martes, dos delegadas “verdes” del oficialismo y la oposición, Silvia Lospennato (Pro) y Cristina Álvarez Rodríguez (Frente de Todos), habían acordado reclamar que el proyecto que lanzó Alberto se tratase en estas horas, en un plenario de comisiones, para que tuviera dictamen exprés. Lo consultarían con Massa, quien frenó la iniciativa.

En 2018 hubo un tratamiento amplio del proyecto de despenalización en las dos cámaras y en la sociedad. Sacarlo ahora a los apurones sería exponer la iniciativa al escándalo, justo en la cámara donde tiene los votos asegurados. La leyenda dice que Cristina de Kirchner no quiere exponerse a que el proyecto llegue al Senado y vuelva a fracasar. Ella es antiabortista en la clandestinidad, ya hizo fracasar la aprobación en el Senado en 2018, asegurando que el No tuviera más votos, aunque no el de ella. Cuando ha debido opinar, se muestra a favor, porque las encuestas del electorado propio indican que hay un altísimo porcentaje que apoya la despenalización. Pero lo que no puede permitir es que un eventual fracaso se lo achaquen justo a ella.

¿Para que regalarle un triunfo a Alberto?

¿Hay necesidad de que se trate ahora? ¿Acaso no bastaría con que lo aprueben los Diputados, en donde hay mayoría para que salga, y esperar un tiempo para trabajar más el voto en el Senado? Hoy en la Cámara alta el Sí está entre dos y cuatro votos abajo. Han mejorado los apoyos a la despenalización desde 2018, por el giro del radical Juan Carlos Marino y la incorporación a la cámara de Martín Lousteau y Guadalupe Tagliaferri, que respaldan el proyecto. Pero es justo en esa bancada opositora, que tiene una buena cantidad de votos que alimentan el Sí, donde se plantean si es conveniente darle este triunfo al oficialismo. ¿Para qué? ¿Para que Alberto, que les niega el pan y la sal, vaya el 1° de marzo a la asamblea legislativa y les frote en la cara que él pudo sacar la ley, cuando habrá sido gracias a ellos, los opositores?

No sea que digan que por ahora no van a votar el proyecto, y lo hagan caer de nuevo, por conveniencia política y no por cuestiones de conciencia. En Juntos por el Cambio hay libertad de conciencia para votar lo que cada cual quiera, pero tampoco hay unanimidad para regalarle al oficialismo, de manera gratuita, el recurso del voto a favor del proyecto de Alberto. Estas decisiones dependen de conteos y de estimaciones cualitativas. Una encuesta que circuló el mismo día cuando el Gobierno mandó el proyecto, indicó que un 49,7% del público está en contra de la despenalización, y un 47,7% está a favor. El 52,5% de los consultados por la firma TresPuntoZero respondieron que tendría muy en cuenta la postura sobre el aborto de los candidatos, y el 40,9% contestó que le importaría poco y nada.

Vademécum para entender un debate difícil, acá y en todos lados

El debate sobre la despenalización sigue abierto, a pesar de que ha sido objeto de un largo tratamiento público. Es uno de los temas más y mejor discutidos por la sociedad. Para entenderlo hay que retener un vademécum:

1) Es una cuestión compleja, que hunde las raíces en cuestiones de principios religiosos y también políticos, no siempre de conciliación pacífica. En los EE.UU. sigue siendo un territorio dividido, y se vio con la última crisis en la composición de la Suprema Corte. Los cambios que siguieron a la muerte de la liberal Ruth Bader Ginzburg y su reemplazo por la conservadora Amy Coney Barrett abre el debate sobre la revisión de las leyes de aborto.

2) La despenalización tiene el apoyo de la población que la respalda, como un capítulo en la resistencia a la dominación del otro, la búsqueda de la igualdad y el ejercicio de la libertad. Desde allí hay que entender el apoyo de los jóvenes y también el oportunismo de los políticos, que lo plantean para buscar identificación con ellos.

3) En la Argentina los gobiernos desde hace décadas plantean el debate, porque divide de manera transversal a todas las fuerzas. Lo hicieron Menem, Macri y ahora Fernández.

4) La paridad de posiciones en la Argentina es una constante que no cambia mucho. La encuestas muestran que el Sí es una bandera de los sectores medios, laicos y urbanos; y el No se sostiene en sectores medios y bajos, del interior del país, la periferia de las grandes ciudades, y en donde la Iglesia tiene más predicamento. En el debate legislativo el No ha ganado por el peso de legisladores del interior, y no es fácil que cambien de opinión. En general es más fácil convertir a un verde en celeste que a un celeste en un verde.

Ni el Gobierno ni el FMI están interesados en frenar nada

Estas especulaciones son materia de largas discusiones en los cuarteles de Juntos por el Cambio, que están a la defensiva contra este envión para aplastar el fortín CABA, donde resiste la oposición. Larreta cree que hay que mantener a la fuerza lejos del debate sobre el aborto, pero apoyó el énfasis con el cual se le respondió a los senadores que acusaron al macrismo por el endeudamiento en su carta al FMI. Se quedaron sin entrevista con la misión del organismo. “Tampoco había gran pasión en concretarla. Mejor así. Primero se tiene que ordenar el Gobierno antes que sondear a la oposición”, explicó uno de los intermediarios de esa cita, que quedó pendiente. La misión quedó averiada por la peste, y también por la carta de los senadores. ¿Para qué hablar con la oposición si antes el oficialismo no se pone de acuerdo?

El Gobierno y el FMI saben que el año que se avecina no tiene grandes dificultades para el pago de lo que se le debe al organismo. Eso le quita interés a un cierre apresurado, que quizás el FMI pudo querer apenas asumió Alberto. Y menos con un gobierno que hace músculo –para ganar firmeza hacia adentro- criticando al organismo. Mejor esperar a que asuma el nuevo secretario del Tesoro de Joe Biden, presidente “proyectado” de EE.UU.

También sorprendió a los peregrinos del FMI la confianza del peronismo en las leyendas urbanas, como la que dice que el préstamo del organismo se lo dio Trump a la Argentina, para que Macri ganase las elecciones. Como si el dinero cifrara la suerte electoral de nadie, o como si Trump tuviera una confianza ciega en el resultado de las elecciones, que el mismo presidente argentino no tenía. Pero es habitual de este peronismo montar batallas sobre inventos del periodismo. Manda a hacer querellas y campañas contra el “lawfare”, una palabra inventada por la prensa para describir la judicialización de la política, algo que viene desde la antigüedad, o sobre la “mesa judicial”, otra ficción periodística. Molinos de viento, dirá un leído. Sólo existen en las fantasías de los periodistas.

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